31/1/08

Ultimo hombre que consulta una biblioteca / Campo Ricardo Burgos

Último hombre
que consulta una biblioteca


Campo Ricardo Burgos López*



El último hombre que quedaba vivo en el mundo se sentó frente al escritorio de la biblioteca y observó: frente a él – infinito- se acumulaban miles de estantes con miles y miles de libros; mejor con todos los libros que la especie humana había producido hasta el instante en que se extinguió. El último hombre que quedaba vivo en el mundo sabía que sólo le quedaba tiempo para leer un libro, que una vez leyera ese libro moriría, que su fin, que era a la vez el fin de una especie, estaba por sucederle de un momento a otro y que ni siquiera los desolados pasillos de la Megabiblioteca Universal lo protegerían de la muerte. Cansado, el último hombre que quedaba vivo en el mundo se hizo una pregunta retórica:

—¿Qué leer?

Horas antes, el último hombre que quedaba vivo en el mundo había recorrido los ciclópeos estantes y había escogido tres o cuatro libros al azar, tres o cuatro libros que por su titulo le llamaron la atención. Ahora, colocados sobre el escritorio, el último hombre que quedaba vivo en el mundo debía afrontar la trascendental decisión de escoger el último libro que sería leído por la especie humana antes de desaparecer. ¿Cuál sería? Lentamente, tomó los tres o cuatro libros en su mano, cerró los ojos y los barajó hasta olvidar cuál era cuál. Luego – aun a ciegas- dirigió su mano al gerente y tomó uno de ellos entre sus manos. El último hombre que quedaba vivo en el mundo abrió los ojos, verificó el título y comenzó a leer el capitulo I. Asombrosamente el libro describía los instantes postreros del último hombre que quedaba vivo en el mundo. Asustado, busco el pie de imprenta y encontró que el texto había sido escrito varios siglos atrás. Según el citado pie de imprenta, hacía 457 años un tal Derengowski había descrito punto por punto lo que efectivamente el hombre había vivido en aquellos días: la plaga que había arrasado a la humanidad, las escenas ruines que le sería dado contemplar, cómo el último hombre se ocultaría en la Megabiblioteca, como cierto día el último hombre que quedaba vivo en el mundo sabría que había llegado su instante postrero y que apenas le quedaba tiempo para leer un solo libro.

«Y me elegirá a mí —afirmaba soberbio el libro de Derengowski—. Horas antes de morir, el ultimo hombre que quede vivo en el mundo recorrerá incrédulo los vertiginosos estantes y se asustará del tamaño de su ignorancia. Entonces escogerá tres o cuatro libros al azar, los colocará sobre un escritorio, tomará los tres o cuatro libros en sus manos, cerrara los ojos, los bajará hasta olvidar cuál es cuál y finalmente —aún a ciegas— me escogerá y comenzará a leer su propia historia.»

El último hombre que quedara vivo en el mundo interrumpió la lectura aterrorizado .457 años atrás un hombre del cual nunca había oído hablar y a quien ni siquiera se había imaginado, había escrito este texto donde verificaba si destino. ¿Quien era Derengowski? ¿Cómo había anticipado el fin de la especie?. ¿Cómo es que sabía de antemano todas las crueles escenas que precisamente en esos días le había tocado vivir?

Fascinado, el último hombre dejó a un lado el libro, y en una de tantas terminales del archivo central tecleó el nombre: Derengowski, C. P. En segundos, la pantalla de la terminal arrojó datos acerca del individuo: biografía, obras publicadas, crítica acerca de su obro e incluso información sobre una película llamada Derengowski que, supuestamente, trataba de las ocultas artes que este hombre había llegado a dominar. Desconcertado, el último hombre que quedaba vivo en el mundo se preguntó si existía Dios y luego se contrapreguntó por qué se le ocurría preguntar tal cosa en semejante momento tan inoportuno. Temeroso, abandono la terminal y volvió al escritorio donde el libro de Derengowski le aguardaba con algo así como una sonrisa. Por un momento el último hombre leyó, y esta vez un escalofrío de horror le recorrió el espinazo: la páginas de Derengowski profetizaban que llegando a cierto punto de su lectura, el último hombre que quedaba vivo en el mundo reaccionaria dejando de lado el texto y se preguntaría cómo era posible que hace 457 años un hombre del cual nunca había oído hablar, hubiera escrito este texto donde vaticinaba su destino. Después —seguía impertérrito Derengowski— el último hombre pesquisaría información en una terminal de computador acerca del mismo Derengowski, obtendría cierto cúmulo de datos, y la inquietud de que todos los destinos están escritos en alguna parte mucho antes de vivirlos, lo conduciría a pensar si era posible que la anticuada figura mitológica de Dios fuera algo más que una mera figura mitológica.

El ultimo hombre que quedaba vivo en el mundo se detuvo otra vez: ¡ Derengowski lo sabia todo! ¡Tal vez Derengowski era Dios! Sin duda alguna, su destino hasta el momento de su desaparición estaba contenido en las páginas que quedaban de aquel libro « Pero son muchas! —se dijo el último hombre—. ¡Demasiadas! ¿Me restará acaso más tiempo del presupuestado?»

Sudando profusamente el último hombre que quedaba vivo en el mundo se saltó varios capítulos y arribó a una de las páginas finales. Allí se describía la descomposición de un cadáver que el último hombre no supo si era el suyo. Insistiendo en la lectura, el último hombre intuyó que en ese aparte se hablaba de lo que ocurriría en esa biblioteca el día siguiente y que, por ende, en algún punto de los capítulos que se había saltado, Derengowski describía su muerte. De nuevo, el último hombre que quedaba vivo en el mundo saltó las páginas y se ocupó de las posteriores del libro. Lo que encontró allí lo dejó confundido: Derengowski describía una suerte de multitudes de almas enfiladas aguardando algo así como el juicio final. Con una sensación de vació en el estómago, el último hombre se preguntó si serían ciertas las ya olvidadas leyendas acerca de un día del juicio donde los bienaventurados serian separados de los condenados. Con el corazón disparado como una tormenta, llegó a una sección donde con nombres propios se listaban grupos de condenados y de salvados. Aquí el texto de Derengowski era confuso, y en vez de citar primero a los salvados y luego a los condenados o viceversa, refundía los unos con los otros sin ningún empacho. El último hombre que quedaba vivo en el mundo se sorprendió al encontrar el nombre de su madre entre los condenados al fuego eterno.

«¡Pero si era una Santa!», se dijo para sí, estupefacto.

Después, entre los salvados, no pudo menos que llorar cuando halló el nombre de la mujer que alguna vez había amado pero que lo había abandonado (precisamente —según Derengowski— que la mujer lo hubiera abandonado era el acto que la había encaminado hacia la vida eterna). Más casi se ahogó cuando Derengowski reveló cierta vergüenza que él mismo jamás había relatado a nadie. Ya en el culmen de la desesperación, el último hombre halló su nombre con su correspondiente sentencia infinita, y entonces no supo que hacer cuando en el texto sobrevino un inesperado cambio en el punto de vista del narrador. En esa parte el texto de Derengowski ya no hablaba de tercera persona y en lugar de ello le interpelaba directamente mientras le decía, socarrón:

—Tu y yo lo sabíamos desde antes de que hubieras nacido. ¿No es cierto?

* Campo Rcardo Burgos. Sicólogo y Magister en Literatura. Ganador del Premio Nacional de Poesía de Colcultura. Autor de un ensayo crítico sobre la CF en Colombia, y de la novela sicológica José Antonio Ramírez y un zapato. Fue finalista en el Concurso Nacional de cuentos de CF arriba citado. El cuento de esta selección aparece en la antología Contemporáneos del porvenir.

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