10/1/08

Cuentos: LOS EJECUTORES. Antonio Mora Velez


LOS EJECUTORES
Por Antonio Mora Vélez

Aquella era una noche fría de saturnal, el mes de las lluvias, con un cielo encapotado que no permitía ver la luz de la luna. Las calles estaban solas y las pantallas del alumbrado languidecían misteriosamente, como si la energía hubiera optado por el atajo de Carnot y se perdiera en ese impreciso lugar en donde el fuego se libera de sus alas para retomar el ciclo.

Me disponía a salir de una taberna del tipo alemán situada en el populoso sector de Mocari. Había estado allí en la agradable compañía de mis amigos de tertulia. Durante horas y horas habíamos hablado de política, de mujeres, de rones, de las últimas decisiones de Mutltivac. Y la conversación giraba y giraba, alrededor de uno y otro tema, y a los oídos de cualquier parroquiano de siglo XXII era como si nada hubiera cambiado sobre la faz del Caribe después del Gran Salto.

Nabo y Castillejo, mis eternos compañeros de farra, habían consumido quince sifones de cerveza rubia con pitillos enervantes. Yo, en cambio, por el temor de mi Gota, apenas si ingerí un par de wiskys dobles en la roca que el barman muy gentilmente accedió a venderme no obstante las restricciones del día ordenadas por la sección etílica de Multivac.

Yo estaba aburrido, es lo que quiero decir, de modo que no hay razón alguna para atribuirle al alcohol la procedencia de todo mi dicho, de lo que mis ojos vieron esa noche después de la juerga. Juro que es tan verdad como la luz que ahora contemplo en esta hermosa terraza de plasma cósmico que me hace recordar los viejos tiempos de mi estancia en Tierra Santa, de cuando era un principiante en comunicación social y jugaba con las palabras de la jerga en la elaboración de intrincados poemas matemáticos que ni yo mismo lograba descifrar.

Salí como a las doce y cuarto de la taberna, solo. Castillejo trató de detenerme con su verbo y con esa prosopopeya tan suya pero tan ostensiblemente impostada, diciéndome que no habíamos terminado el tema de los decibeles ónticos, pero yo lo despedí cortésmente, haciéndole un gracejo con su estilo de antiguo lord inglés pero vestido de hojalata, y apelando a mis conocidos achaques articulares.

Intenté tomar un troley pero la hora no era la más apropiada y me decidí entonces por un robotaxi que pasó justo a los diez minutos de la espera. Lo abordé y le dije mi dirección de llegada. Su cerebro prodigioso me respondió que tendría que hacer un ligero rodeo antes de llegar ya que se había producido un crimen por el sector y varias calles se encontraban interceptadas.

-- Muy bien, como usted ordene -le contesté-. El vehículo inició la marcha por el carril interior de la autopista y yo me recosté en el espaldar de la butaca, intentando dormir durante el recorrido.

Eran ya las doce y media de la madrugada del sábado, hora en la que, según los noticieros breves, salían a cumplir con su oficio los llamados ejecutores del tiempo, los correctores de la historia que anticipara genialmente Isaac Asimov en su polémico "Fin de la eternidad", a fines del milenio anterior.

Tal vez por esa circunstancia las calles se hallaban más solitarias que de costumbre. Nunca se sabía en qué lugar y hora exacta de esa franja de la madrugada, podía aparecer un auto fantasma con un grupo de ejecutores dentro. Para ellos, que duda cabe, todo noctámbulo era potencialmente un candidato a la dulce muerte de los dardos de luz disparados como si fueran sencillas proyecciones de cine digital.

El auto cibernético avanzaba raudo por la avenida de Los Fundadores, conmigo en su interior totalmente despreocupado de la ciudad. La suave brisa de las primeras horas despeinaba ligeramente el perfil del sector. La avenida y sus alrededores parecían un cuadro fugaz de Piescarollo, el maestro de la nueva pintura vibrátil. Yo me sumergía en el recuerdo de mis noches de bohemia en "La nueva Ola", de cuando era un simple perifoneador de comerciales en la Radio Ambiental. El tablero de mando del robotaxi ejecutaba un sonata de colores alternados que yo miré de reojo simplemente.
A la altura de la calle 681 el cerebro del auto me dijo, alzando la voz para volverme en mí: "Viene un carro fantasma por la autopista paralela!". Yo abrí los ojos y me acerqué a la ventana izquierda para observarlo. El robotaxi siguió su marcha normalmente. Yo permanecía adherido al vidrio, contemplando el raudo desplazamiento del auto fantasma. Era algo que no podía dejar de hacer; se trataba de un grupo de ejecutores y siempre quise verlos en acción. Al pasar casi frente a mí pude observar que uno de los ejecutores disparaba un flash en dirección nuestra. La luz arropó mi rostro durante una fracción de segundo y yo me sentí en el instante feto, niño, joven, adulto, en sucesión fantástica, como si mi vida se hubiera repetido en un filme que me era introproyectado siónicamente.
El robotaxi me dijo entonces: "No cabe discusión, se trata de un equipo de ejecutores en plena acción. Yo mismo le he sentido"

-¿Sigámosle!- le ordené. El auto titubeó, lo cual quiere decir, en términos de cibermecánica, que aceleró y desaceleró en forma imprecisa. Al tomar la curva de unión de las dos autopistas casi nos chocamos con uno de los postes de oxígeno de la entrevía. Después de recobrado el control, el parlante del carro me dijo: "Está usted seguro de lo que me pide?"

- Por supuesto que sí! -le contesté- Soy periodista y no puedo perder esta oportunidad de cubrir una ejecución. Que tal que sea un ajuste histórico. Podré anunciarle al mundo del futuro que una posible línea de desarrollo queda borrada de la lista… A veces creo que las aparentes contingencias de la historia se deben a este tipo de ajustes y no a la simple casualidad.
La razón estaría de parte de Demócrito, después de tantos siglos!… Demócrito? O era tal vez Heráclito?

Se inició entonces la persecución.
De no haber sido por el mismo carro fantasma, le hubiera resultado imposible a mi robotaxi darle alcance. Pero el vehículo de los ejecutores se detuvo unos cuantos kilómetros adelante, enfrente de lo que parecía ser un viejo motel abandonado.

Cuando llegamos -mi auto y yo- vimos que los dos ejecutores, vestidos como se decía que vestían, esto es, con buzos plateados y con cascos brillantes, tocaban la puerta del edificio mientras se ajustaban las viseras. Al menos eso me pareció Eso creí.

El robotaxi se acercó al lugar de estacionamiento del carro fantasma. Se detuvo y yo me bajé lentamente, con la precaución vista en las dos figuras, en eso dos viajeros del tiempo que estaban a punto de introducir una ligera variación en la historia. O tal vez un cambio radical! De ellos se sabía -de tiempo atrás- por la literatura. ¡Fantasías!, decían muchos. Lo que jamás se pensó fue que verlos en acción se convertiría, con el correr de los siglos, en una de las más emocionantes aventuras de la información. Ni siquiera Asimov pudo imaginar que para ser ejecutor había que reunir un mundo sin par de condiciones; estar a prueba de rectificaciones, sin resquicio alguno por donde pudiera penetrar el enjuiciamiento rigurosamente lógico de los Ordenadores. Como si dijéramos: ¡Un ejecutor jamás podía ser ejecutado!

Y yo estaba allí, delicioso privilegio, observándolos en el preludio de una ejecución que no sabría si calificar de sublime o justiciera, pero que era a todas luces necesaria, si los Ordenadores, esos sabios inmensos del siglo XXX, lo habían decidido así en beneficio de la estirpe humana. Era una especie de cirugía para extirpar un tejido malo que no convenía al desarrollo armónico del cuerpo, había dicho alguna vez en uno de mis informes de referencia. Y los ejecutores no fallaban. Jamás se equivocaban. Por eso la historia del siglo XXX transcurría sin perturbaciones. Toda fuente de perturbación era ejecutada, extirpada, antes de que pudieran estabilizarse sus secuelas, ¡Así de sencillo y de maravilloso!

Avancé unos pasos con mi tarjeta de informador en alto. "Soy periodista", dije en voz alta. Los ejecutores me miraron serios y uno de ellos blandió su espada de luz y la puso en dirección mía. "Te esperábamos", me respondió.

Un corrientazo cruzó por mi cuerpo en todas direcciones y yo quedé paralizado, impávido, con el temor a la muerte sembrado en mis ojos y la vista fija en las dos figuras de plateado que me observaban serenos, sin el menor asomo de impaciencia o dubitación en sus rostros y cuerpos.

--¿A mí?- les pregunté, todavía con la esperanza de que me estuvieran jugando una broma para castigar mi osadía de reportero.

--Hemos estudiando tu prontuario y estamos seguros de que eres la persona que buscamos ¿Tú te llamas Marcos Antonio?

--Sí - les contesté.

--¿Y estamos en el siglo XXXII?- interrogó el otro.

-Exactamente!- le dije.

--Entonces eres la persona que buscamos. El dictado retrospectivo de tus líneas vitales así lo indican…

Recordé al instante el flash que me encegueció minutos antes y que me hizo sentir feto, niño, joven y adulto al borde de la muerte, en sucesión rápida del pensamiento.

--¿Qué es lo que mis descendientes han hecho o intentado hacer en el siglo de ustedes?- les pregunté.

--Nada. No hicieron nada que valiera la pena. Justamente por eso los Ordenadores creyeron necesaria tu eliminación en el programa de proyecciones de este siglo hacia el futuro. Al no implicar cambios progresivos, tu existencia se convierte, aún en tu presente, en superflua.

Yo guardé silencio entonces y esperé la acción. El robotaxi seguía las palabras de los viajeros del tiempo desde su lugar de estacionamiento. Y desde allí pudo ver el rayo de luz que acabó con mi vida. Dijo entonces para sí: "Los ejecutores jamás fallan. Los ejecutores jamás se equivocan".


Montería, abril 25 de 1985.


Antonio Mora Velez
Escritor Colombiano

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lοs articulos me interesaron algo mаs... Animo!

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