31/1/08

Cuentos Colombianos: Rene Rebetez: Memorias de un crononauta

Memorias de un crononauta
René Rebetez*

Cuando recuerdes esta cita intemporal, que nadie te dio y a la que nadie convocaste, te preguntarás qué haces a bordo, qué destino oculto ha guiado tu éxodo, para encontrar de nuevo ese rostro conocido y casi odiado, ese rostro que te mira actuar y te vigila, un testigo que nunca se erige en tu juez y te irrita por esa actitud impávida y natural, fría y persistente.

Te preguntarás el porqué de esa actitud de eterno embarque, rosa arisca de los vientos que te impele a huir de lo que amas, por qué ese rostro impávido te ha soplado al oído la diabólica posibilidad de que tu verdad se encuentra más allá de la epidermis conocida, que no basta dar ni tomar las respuestas inmediatas y que hay que ir más allá, mucho más lejos, abandonando los seguros parajes de la lógica en cuyos límites las aves blancas de una tierra negra canta el ¡Tekelili! de la última y gran alienación.

Y arrancándote del universo conocido vas a entregarte al abrazo fatal de la manta sagrada, esa mujer insectiforme, más allá de ese futuro en que la humanidad tornose negra por obra y gracia de los babalaos; atravesarás penosamente el mar de los sargazos de la duda bajo doradas tormentas de sol y fletarás un dorado cohete hasta la lejana galaxia de Inra, para probarte a ti mismo que la relatividad científica también acarrea la relatividad de los conceptos y que el absoluto es simplemente una infinita acumulación de fragmentos relativos y vas a su encuentro en esa región de los mitos que está poblada de espejos como un gran salón de ferias a donde el hombre niño acude a contemplar su imagen deformada por el ego.

No te tomes por el reflejo, tras de él está tu verdadero rostro. Este rostro que te mira, impávido del curso de tu vida y te preguntas como surgió, cuando lo creaste, por que sabes que es obra tuya demoniaca, como un viejo feto que hubieses incubado en tus meninges desde hace tanto tiempo y hoy diese a luz, inopinadamente, cuando menos lo esperas, cuando ya habías creído ser acreedor a la paz que deja tras de sí la última tempestad de los conceptos.

Pero es inútil, ya sabes que es inútil y te rindes a tu peregrinar obligatorio, escogido por ti mismo y que no quieres llamar por su nombre: El inconsciente, que penetra en tu efímero recinto conceptual, pisoteando el frágil archivo donde guardas tus valores, caducos cada vez que la manecilla del tiempo marca un hito.

Has venido a esta cita y te preguntas por qué. Tal vez porque lo quieres destruir, al tiempo, ese concepto humanoide y deleznable, prisión prisionera de sí misma. (desde las orillas del tiempo rompes las amarras que te tienen atado al dolor, implícito en el deseo de convertir en eternidad lo pasajero.) Tal vez a bordo, cuando el fuego de san Telmo juegue artificios del diablo en el tope de tu carcomida nave, recuerdes tu futuro y que fue él, el tiempo, quien incubó con su soberbia esa solitariedad que me restaba como una tenia en tu interior, antes de haber construido tu verdadera y necesaria soledad. Te verás como ahora, despidiéndote de todas las clepsidras de obsesivo y taladrante gotear, de los tic tacs y de los campanarios, sentado en un muelle, esperando izarte a bordo de una galera o de un cohete, en los puertos de Cádiz, Cartagena o Venezuela, en las escalas sin brea de los puertos siderales.

Vienes de un remoto pasado, lo presientes, por que en aquel tiempo —constructor de pirámides— tuviste el mismo afán que ahora te posee de llegar más allá de las formas conocidas del calidoscopio humano. Fuiste Copérnico y pusiste al mundo en movimiento. Ángel caído, ardiste cientos de veces en las exorcizantes piras de la media edad y ahora serás brujo entre los hélmidos, a miles de años luz de distancia, en la estrella más lejana de una galaxia innombrable como los horrores lovcraftianos. Si no lo sabes aún, lo sabe ese rostro que te mira, Frankenstein de ti mismo, habitante de ese silencio que mora en los vientres inmensos de las catedrales y entre los mudos renglones de los manuscritos.

Puede que este sea el último viaje que emprendas, aun que eso en verdad es mentira, por que todo es un viaje. Pero quieres que sea el último, como quiere el bonzo escapar definitivamente de la rueda de los tiempos. Tal vez, tal vez ya que no hay tiempo...
(El muelle está vació y el hombre sufre un insomnio poblado de fantasmas. En las entrañas de un cuento un reloj canta las doce desde hace muchas horas. Frente a él, en las sobras cargadas de presentimientos, el mar, estanco y mercurio de alquimista desprende brumas nefandas que se remontan al cielo. Todo está quieto).

... ya que no hay tiempo. Ya has viajado un buen trecho, te recuerda el rostro aquel que te acompaña, del que tienes memoria umbilical, susurrándote al oído que eres muy viejo, más viejo que el mar. Fuiste pescador en las Antillas y en un puerto que llamó Taganga soplaste el odre inflamado de las primeras gaitas. Allí o en alguna parte de tu vida, tal vez en Génova o en México, en los tenebrosos túneles de la mina de las Azulitas, o antes, cuando fabricaste esos ídolos en Marte, procreaste ese rostro que te mira al desdoblarte y que te sobrevivirá, alegre falsario, fabricante de tu esquizofrenia y ladrón de tu ego. Ya has hecho un buen trecho. Mira ante ti las brumas que se hienden: la nave arriba y el corsario y coherente impulsado por las gotas de rocío que Cyrano de Bergerac puso en su proa. Profiere el rumor de muchas aguas que oyera alguna vez el profeta Ezequiel y es carroza de fuego, zarza ardiendo, tronco del tiempo de Brick Bradford. Gira como un dios ebrio entre los jirones de su túnica.

Un relámpago de lucidez rasga tu noche: puedes quedarte, si quieres, dicen los rostros de las madres y los hijos y todo aquel estarse quieto como un juego de ajedrez que quedó en tablas. Pero quieres la victoria o la derrota. Sientes el abrigo de los esquemas conocidos cobijándote la espada como una ruana vieja. Los ritos cotidianos te señalan el camino trillado y el antiguo dios esquemático te susurra al oído estadísticas y convenciones. “Puedes quedarte, si quieres” dice la mujer que está a tu lado suave y menuda como un tierno caracol.

La voz de una sirena rasga la noche como una aguja ojival que se despierta. La bronca voz de un carguero le responde, desde su nido de aceite. El suave ulular de la serpiente de mar ronronea y el viejo tonelero Jean Marie Cabidoulin se asoma a la borda para verla. Una hidra lo abomina desde el fondo del mar; los sargazos se estremecen.

Y eres tú, Imaginación, mujer insectiforme y gigantesca la que emerge del mar y se dirige hacia mí ofreciéndome el apoyo de tus velludos brazos. No me debato; son tus ojos que han bebido el aceite de los petroleros náufragos y la clorofila de las algas los que me atenazan, no tus brazos. Te conozco: ha existido desde siempre al lado de mis días. Trepo a tu lomo y no me asombro al constatar que te estremeces; desde aquí veo la tersura escamosa de tu cuerpo hundirse en el mar y te deseo: la vieja nave de herrumbres carcomidas nos espera.

Muy atrás ha quedado el puerto que despierta: una grúa de prehistóricas nostalgias gira su perfil de iguanodonte en el alba de ayer.


* René Rebetez. Uno de los pioneros de la CF en Colombia. Autor de los libros de cuentos Los ojos de la clepsidra, La Prehistoria y otros cuentos, Ellos lo llaman al amanecer y otros relatos, y de los ensayos La odisea de la luz y CF: Cuarta dimensión de la literatura. Antologado en The world tresaury of SF. Compilador de la antología Contemporáneos del porvenir: Primera antología de la CF colombiana (enero, 2000) que no alcanzó a ver publicada. "Memorias de un crononauta" apareció publicado en su libro Ellos lo llaman amanecer y otros relatos (Bogotá, Tercer Mundo editores, 1996).

Tomado de:
Casa de Asterión
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005

2 comentarios:

luisdelcamino dijo...

me encanta rebetez. Vengo siguiéndole la pista hace un rato. sabes odnde encontrar más de el?
saludos renetianos

pío fernando gaona dijo...

en libreria magisterio "cuentos de amor terror y otros misterios", diag 36 bis No 20 70 bogotá

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